7 months ago

Capítulo Tres: Pequeño Monstruo — Jardín de Amapolas

Pequeño Monstruo:

No me des la espalda, Autumn.

image.png
Fuente


Autumn y Gibrán eran primos, y Gia era la hermana pequeña de Gibrán. La cual, por merecidas razones, amaba a Autumn tanto como a su hermano mayor. Ellos eran los mejores héroes del mundo ante los ojos de la dulce niña de cabello castaño y pequeños ojos fantasiosos.

Pero Autumn y Gibrán no se amaban entre ellos.

Sus padres, hermanos gemelos, nacieron y murieron de la misma forma; juntos. Autumn solo tenía diez años y su primero quince cuando aquello pasó, cuando un accidente de auto les arrebató a sus padres. Gia apenas era una bebé de pocas semanas en ese momento.

A diferencia de la familia de su tío, ella era hija única. Cuando su padre murió, ella y su madre—una mujer hogareña y desempleada— quedaron perdidas en el mundo hasta que su abuelo, el padre de los gemelos, vio por ellas y puso comida sobre su mesa. Cuidó de Autumn, Gibrán y Gia como no pudo hacer con sus propios hijos y, a medida que fueron creciendo, marcó una clara diferencia entre sus nietos.

Gibrán era fornido, tenía ojos de depredador y porte sofisticado. Exudaba confianza. Era un experto convenciendo a las personas de hacer cosas que en realidad no querían y—para qué disfrazarlo— era un mentiroso de primera categoría.

Gibrán era encantador de una manera malévola e intimidante.

De esa forma convenció a su abuelo de nombrarlo responsable del negocio familiar. Y aunque su madre y su tía emprendieron juntas un modesto y respetable negocio, Gibrán seguía generando el mayor ingreso monetario de aquella disfuncional familia, nadie quería desvincularse de él.

Todos lo admiraban, incluso aquellos que le temían amaban secretamente ser tomados en cuenta por Gibrán. Todos menos Autumn.

Solo ella conocía la verdadera cara de Gibrán. Sabía lo que pasaba detrás de aquellos impenetrables ojos verdes, al igual que los suyos, y qué sucedía cuando aquella sonrisa de cuentos de hadas se quebraba.

Empezó a tenerle miedo desde muy chiquita.

Exactamente el mismo día que mató a su gata y lo dejó sobre la cama —cubierta de sangre— por haberse comido sus galletas.

Exactamente después de que con un golpe partiera su labio inferior por haber entrado a su cuarto buscando la cabeza de la barbie que él mismo decapitó.

Exactamente después de que apagara cigarrillos en sus piernas por delatarlo con su madre cuando salió a escondidas durante un castigo.

Exactamente después de que quemara su cabello inclinándola sobre la hornilla por negarse a hacer su tarea de ciencias sociales.

Exactamente después de que dejara una burda y rosada cicatriz en su cintura por negarse a masturbarlo cuando llegó drogado a casa.

Gibrán era el pequeño monstruo de sus pesadillas.

Él era la razón por la cual aprendió a dormir con la luz encendida y el seguro puesto en la puerta.

Él sabía que Autumn conocía su secreto; sabía que Autumn lo había estado observando.

Observando el placer que sentía cuando mataba a los gatos callejeros lanzándoles piedras de pequeño.

Observando cómo se excitaba en las películas de terror con los gritos de auxilio.

Observando cómo nada parecía emocionarlo más que el desespero de sus ojos cuando fingía asfixiarla.

La había vuelto el blanco de sus ataques durante años. No porque se lo mereciera o la odiara, sino porque las lágrimas de Autumn siempre le habían parecido preciosas y muy —pero muy— excitantes.

Ella nunca se atrevió a decir nada por numerosas razones. La primera —y la más importante— es que sabía que Gibrán podría vengarse. Él conocía la mayor debilidad de Autumn; Gibrán tenía el poder de lastimar a Gia.

Y mientras ella estuviera a salvo, tenía a Autumn entre sus manos.

Sus sucias y enfermas manos.


image.png
Fuente

Autumn sintió movimiento dentro de su departamento justo al introducir la llave en la cerradura, contuvo la respiración sintiendo su cuerpo entumecerse de manera ipso facta. Nunca aprendió a huir de las situaciones de riesgo, Gibrán se había encargado de dañarla lo suficiente como para hacerla creer que correr y gritar solo hacía más fascinantes las escenas del crimen.

Además, ya consideraba que era demasiado tarde como para darle la vuelta y correr a esconderse.

Entonces pasaba lo que sucedió a continuación; hizo puños sus diminutas manos hasta clavarse las uñas en la palma, mordió su labio inferior con fuerza para asegurarse de no dejar escapar ni un leve suspiro que la delatara y, tragando forzosamente para ignorar el sudor frío que se produjo en su espalda, Autumn empujó la puerta de su departamento y la abrió.

De Gibrán no podía esconderse ni porque bajara sola al infierno.

Y había aprendido a nunca darle la espalda a su enemigo.

—¿Quién está ahí?

El departamento se mantuvo en silencio.

Aquello era lo peor de sus encuentros; tener que jugar al gato y el ratón a pesar de reconocer que no había oportunidad de ganarle el juego.

Con miedo, pero con parsimonia al mismo tiempo, se deslizó silenciosamente a la cocina. Siempre con la espalda contra la pared, de frente a la modesta y pulcra sala de estar.

Autumn tenía los cuchillos de manera decorativa y estratégica en el mesón. Siempre al alcance, para su ventaja —o la de él— en oportunidades iguales.

Soltó el aire temblando y sus ojos comenzaron a empañarse traicioneramente: —¿Quién está ahí?—Repitió con fuerza. Estaba segura y dispuesta a verlo a los ojos.

Nadie respondió.

Había soñado repetidas veces con escenas como aquellas. Escenas en donde consiguiera por fin colarse a su hogar sin que nadie se diera cuenta —aunque para ser honestos lo último que alguien pensaría al verlo entrar a un lugar es llamar a la policía—. Ella tomó su cuchillo favorito; pequeño, ligero y muy, extremadamente, punzante.

No tenía sentido esconderlo detrás de su espalda, sabía que Gibrán los había visto y dejado ahí a propósito, para que sintiera que tenía alguna especie de ventaja.

Fue con él de frente, como si fuera su escudo.

Todas las luces estaban perennemente encendidas, pues ella jamás tuvo oportunidad de perderle el miedo a la oscuridad. Pero las sombras no se acercaban.

Escuchó un suspiro en el pasillo.

Su aguante flaqueó. Estaba tan malditamente asustada como siempre.

Porque aquello pasaba con más frecuencia de la que deseaba recordar, sin embargo, los encuentros nunca eran los mismos.

Gibrán había sido bendecido con el don de la creatividad y una mente perversa.

—Voy a llamar a la policía,—advirtió esperanzada de que fuera cualquier otra clase de intruso— será mejor que salga.

Y lo hizo.

Salió.


Infinitas gracias por leerme.
Siempre será un placer para mi ser leída por ustedes.
Recuerden darle like y comentar si les gustó.
Hasta pronto.
Besos.

  • 83Upvotes
  • $4.69Reward
  • 4Comments

Comments

You can login with your Hive account using secure Hivesigner and interact with this blog. You would be able to comment and vote on this article and other comments.

Reply

No comments