5 months ago

Felicidad Relativa — Minicuento Parte II

Felicidad Relativa:

Parte II

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Antes de que su mente tuviera más tiempo de bajar por ese camino, un golpe rompió el silencio en la casa: había olvidado que Edric se encontraba en ella, había visto sus llaves al llegar.

La risa de su hijo se mezclaba con la de una segunda persona. Seguido a eso, aparecieron a su vista; pequeña , menuda, con su cabello oscuro y largo de aspecto enredado —y no quería indagar mucho en el por qué—.

Tuvo un pequeño flash de ellos cuando eran niños antes de reconocerla en su totalidad.

—¿Artemis?— ambos jóvenes se paralizaron ante la imagen de Isla. Más por su presencia en el casa que por su aspecto desorientado.

—¿Mamá?—Edric quería que la tierra se abriera y los tragara a los tres en ese momento.

Las mejillas de la chica se tornaron rosadas al igual que las de su hijo, —quien también traía la ropa un tanto desordenada—. Antes de que ambos pudieran salir de la impresión, Isla se deslizó hacia ellos y los miró fijamente.

Su teléfono vibró y esta, presa de los nervios, lo tomó apresurada y desbloqueó. Deseaba, como nunca, que Guzmán la buscara justo ahora.

Pero era un mensaje de su jefe diciéndole que consiguieron un mejor sustituto para el programa de aquella noche.

Había dicho la verdad —por primera vez en días— y esto era lo que conseguía.

La voz dulce y armónica de la joven interrumpió su frustración.

—¿Cómo ha estado Señora Carter?—Preguntó Artemis con su característica timidez y pena, pues tenía que reconocer que no siempre fue una buena influencia para Edric y sus padres estaban al tanto de ello.

Para Isla, ser llamada de esa forma escoció su garganta.

—No tan bien como tú, cielo.—Le sonrió levemente.— Estás increíble. Me alegra saber de ti.

Artemis asintió, pero no la percibió verdaderamente honesta.

Bien, los padres de Edric eran un detalle que tendría que postergar por los momentos. No podía pelear todas las batallas al mismo tiempo.

Isla admiro a su hijo fijamente, notando más que nunca el parecido que este poseía con Guzmán:—¿Cómo va el nuevo departamento?

Él lucía radiante, su mano buscó y apresó la delicada muñeca de Artemis y jugaba tiernamente con sus nudillos. Aquel gesto llenó de lágrimas los ojos de su madre.

—Increíble,—respondió— vinimos por unas cosas que olvidé, pero ya debemos irnos.

Isla sintió una opresión en el pecho, no quería quedarse a solas.

Quería que su familia regresara a casa.

El pánico volvió a invadirla por dentro:—¿Tan pronto? —preguntó tomando a Edric por sorpresa— ¿Por qué no se quedan un rato más?

Edric, extrañado, se alejó de Artemis y caminó hacia su madre. Tenía el aspecto perturbado, cansino y el olor a coco que caracterizaba a Isla Carter. Para él, ella lucía exactamente igual que todos los días, pero había algo distinto en su mirada.

Isla lucía un poco desesperada.

Él alejó esos pensamientos de su cabeza y sonrió con cariño:—Ya es algo tarde, mamá, debo llevar a Artemis a casa.

Su mirada de apagó un poco más.

—¿Por qué no se quedan a cenar?

Edric no lo notaba, pero Artemis si. Ella había convivido mucho tiempo con el dolor y el abandono, sabía reconocerlo en otros incluso aunque estos se esforzaran por negarlo.

Se habría quedado de ser posible, pues ella siempre flaqueaba ante los más necesitados de afecto, pero no podía.

—Lo lamento mucho, Señora Carter.—intervino llamando su atención— Pero mañana debo llevar a mi madre y a mi abuela al hospital.

Se apenó y Edric volvió a acercarse a ella y apretujarla a su lado. Su madre se sintió abandonada.

—¿Y tú, cariño?—Se dirigió a su hijo, sentía cómo su garganta se apretaba por sentirse suplicar aunque nadie lo notara de esa forma.—¿Quieres una noche de madre e hijo?

Edric rió sorprendido, hace muchos años que ella no le ofrecía algo como aquello.

Era una lástima que ya tuviera planes para esa noche:—Suena increíble, mamá.—Le comentó— Solo que tendrá que ser otra noche, tengo unos pendientes por hacer.

—Oh, lo entiendo.—Pero no quería hacerlo, quería ser egoísta.—Está bien, chicos. Cuídense mucho.

Este se acercó a ella con alegría y depositó un beso en su frente, el haber salido de la atípica dinámica de sus padres le había otorgado la capacidad de verlos más humanamente y apreciarlos el doble. Así que ahora no se privaba de recordarles cuánto los quería en su vida —y sentimentalmente— cada oportunidad que tenía.

—Te amo, mamá.—Le dijo, Isla cerró los ojos y respiró con fuerza. Sentía que se estaba derrumbando todo a su alrededor.

De alguna forma, todo parecía ser su culpa.

Ni siquiera lograba recordar cuándo fue la última vez que oyó a Edric decirle algo como eso, o la última vez que le dijo que lo quería a él o a su marido, mucho menos lograba recordar la última vez que cenó con Edric antes de convertirse en el hombre apuesto e independiente que justo ahora estaba frente a sus narices.

Ella había abandonado lo que más amaba y aquel era el resultado; un esposo que ya no la amaba y un hijo que no quería estar con ella, ni la necesitaba.

Pasó su mano por el contorno de su cara, ya para nada aniñada, y penó su cabello desprolijo: —También te amo, Edric.

Los ojos de su hijo brillaron de amor e incredulidad, por lo general, su madre solo mandaba mensajes de textos o audios diciéndole que lo quería cuando pasaba muchas noches fuera de casa. Tenerla en vivo y en directo removió una pared de su corazón.

Artemis observó todo desde afuera, como un narrador omnisciente sin la capacidad de revelar los secretos que ambos protagonistas ignoraban, ella sabía leer entre líneas; sabía de necesidad, de auxilio, de miedo y desesperanza, pero también sabía que no podía intervenir a menos que esta persona lo hablara en voz alta.

Entonces sus ojos se encontraron con los ojos de Isla y ambas lo supieron: ella no estaba lista para pedir auxilio.

Así que solo podía encargarse de una cosa; velar por Edric ahora y después de que lo que sea que pasaba con ella terminara de estallar en la cara de todos.

Isla asintió en su dirección y escondió ambas manos temblorosas tras su espalda.

Se alejó tratando de huir en dirección a la cocina, los pasos de su hijo se alejaban. De pronto, este se giró captando su atención:— Acabo de recordar algo, papá dijo que saldría un poco más temprano de la Universidad, ¿por qué no lo esperas y cenan juntos? —Sugirió inocentemente— Estoy seguro de que va a encantarle la idea.

Y esta vez ni siquiera se esforzó por fingir una sonrisa.

Por primera vez en años estaba experimentando la verdadera soledad y rechazo.

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